El proceso migratorio de Frankenstein
«Vamos a aquella terraza», le dije a mi amiga. Hacía diez años que no nos veíamos. Nos habíamos conocido viajando por el norte de nuestra patria: Argentina.
«¿Por terraza… a qué te referís? Para mí, la terraza es el balcón de tu casa». Auch. En ese momento me di cuenta de que no recordaba cómo le decíamos a ese tipo de barcito al aire libre en Argentina. ¿En la vereda? ¿En la calle? ¿Sobre la acera? No, acera seguro que no.
Estaba convencida de que «terraza» era la palabra que siempre había usado. Pero la pregunta de mi amiga fue como esas punzadas que te agarran esporádicamente en el pecho, y una delira que es un paro cardiorrespiratorio.
Migrar.
Del latín migrāre. Verbo. La acción de mezclar palabras, de perder certezas sobre qué pertenece a acá y qué a allá. La lucha diaria por aferrarse a costumbres y modismos. Recordatorio subcutáneo de que ya no somos completamente de allá, pero tampoco del todo de acá. Un híbrido. Un Frankenstein.
Y tu creadora no es Mary Shelley, sino la frontera.